¿Es México un país bananero?

Bananero: adjetivo que se le da a un país o nación que no consigue progresar para dejar el subdesarrollo y la desigualdad.

El lector nacional está familiarizado con este adjetivo y muy probablemente tiene ya construida una opinión sobre si es correcta su utilización o no. Muchos de ellos, seguramente, reprochan su uso y tildan de pesimista a quien se atreva a usarlo. El lector de otros países, quizás no relaciona a los plátanos o bananos con el desarrollo de un país y podría encontrar la frase incluso ofensiva.

Pero lejos de las susceptibilidades de los amantes de lo “políticamente correcto” la pregunta que da título a esta pieza se mantiene y para ello citaré a dos autores que leo regularmente: el jurista Miguel Carbonell y el comunicólogo Carlos Puig.

El 2 de octubre de 2014, Miguel Carbonell escribió sobre “El gobierno que regala teles”, desde luego, el mexicano, que con motivo de una disposición legal conocida vulgarmente como el “apagón analógico” se dispone a comprar con dinero del erario más de 2 millones de televisores para compensar a ciertas familias por el avance tecnológico una vez que sus televisores quedarán inservibles. Aprovecha para retomar el tema del estancamiento educativo en relación a países como Corea del Sur y remata:

No creo que algún gobierno coreano haya gastado el dinero de los contribuyentes en regalar televisiones. Eso es para naciones bananeras, como quieren que siga siendo la nuestra algunos en el gobierno federal. Es lamentable y patético: Miguel Carbonell.

Más recientemente, el 3 de febrero de 2015, el afamado jurista (convertido en líder de opinión) se pronunció sobre otro aspecto del derroche de recursos públicos: los viajes. Abordó la visita de 27 servidores públicos incluyendo a varios “de segundo y hasta de tercer nivel” a Ginebra, con motivo del desahogo de un informe sobre desapariciones forzadas en el país, lo que tachó de una “gigantesca muestra de frivolidad”, considerando que bastaba con la presencia de dos servidores públicos para atender la diligencia.

Por su parte, Carlos Puig se refirió a una de las más grandes muestras de despilfarro de fondos públicos, cortesía del perredista Marcelo Ebrard en la capital mexicana. La construcción de la Línea 12 del Metro, obra que tuvo que ser cerrada a pocos meses de su inauguración, sin que a la fecha haya existido un apropiado ejercicio de rendición de cuentas por parte de los encargados de su planeación y ejecución. Hoy Ebrard (apoyado por Andrés López) se ha erigido como mártir y ha acusado una campaña de desprestigio en su contra para salir adelante de los señalamientos, lo cual seguramente logrará. La nota lleva por título “De complots, la Línea 12 y un país bananero”.

A estas ideas no me queda más que agregar cifras y hechos reales, como que en el país sólo 3 de 10 hogares cuentan con acceso a internet[1] o que el salario mínimo en 2015 asciende a $70.10 pesos por una jornada completa[2] (algo así como $5.00 dólares estadounidenses), notoriamente insuficientes para cubrir las necesidades básicas de un jefe de familia.

Agregaría también que México es el país donde servidores públicos coludidos con la delincuencia organizada han orquestado sombríos episodios como el Caso Ayotzinapa, sin que se les haya consignado al Poder Judicial por estos hechos (recordemos que la tristemente célebre Pareja Imperial fue consignada por delincuencia organizada, no por el homicidio de los estudiantes ni su desaparición). Es además el país donde a merced de una democracia pobremente entendida los legisladores “brincan” de una cámara del Poder Legislativo a otra, abanderando a distintos partidos políticos (a veces de ideologías abiertamente contradictorias) para conservar prebendas e inmunidad ad perpetuam, sin que parezca haber forma de que la sociedad lo evite.

Ni como olvidar que en temas menores, que no dejan de ser vergonzosos, se hacen evidentes las deficiencias en infraestructura. Para muestra, la cancelación de un partido oficial de la NBA que se jugaría en la capital mexicana, debido a fallas eléctricas severas, en diciembre de 2013.

Con ello en mente y con todo mi respeto para las especies distintas a la humana que consumen plátanos, no me queda más que declarar que México sí es un país bananero, no sólo por la clase política que le gobierna, sino por la porción de la ciudadanía que se niega a reconocerlo y se ufana al decir que “las cosas podrían estar peor”.

Sólo a partir de un diagnóstico certero se puede planear un tratamiento.

 

Febrero 4 de 2015.

 

TRC

©

[1] INEGI (2014).

[2] CONASAMI (2015).

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