Nueva Jerusalén: Una historia típica mexicana

 

Con motivo del inicio del ciclo escolar 2012-2013 en los Estados Unidos Mexicanos, los medios masivos de comunicación, incluyendo a la televisora más grande del país, centraron su atención en uno de los 113 municipios de Michoacán de Ocampo: Turicato, en el que se encuentra el territorio conocido como Nueva Jerusalén.

 

¿Por qué?

 

El ciclo escolar, léase, las clases en las aulas, no comenzaron en el territorio antes mencionado, ya que un grupo de personas, con herramientas de demolición e incluso con sus propias manos, derribaron días atrás la escuela local, siguiendo órdenes de una supuesta deidad, giradas a los fieles por un sujeto que se hace llamar “obispo Martín de Tours”.

 

¿Qué es eso de Nueva Jerusalén?

 

No es un municipio, no es un pueblo o ranchería, tampoco una comunidad indígena. Se trata de un territorio controlado por jerarcas de una secta no reconocida ni registrada ante las autoridades mexicanas[1]. Un lugar del territorio nacional donde un grupo de hombres que se dicen clérigos, seguidores de un exlíder católico (hoy difunto) identificado como “Papá Nabor Cárdenas”, toma las decisiones y establece las reglas en la Nueva Jerusalén.

 

 

Los mencionados clérigos o “sacerdotes”, han dispuesto una serie de medidas obligatorias para la población, como acudir a los rituales pseudo-religiosos diariamente (hay servicios desde las 04:00 horas), participar en los cánticos y plegarias diurnas, no vestir ropa entallada, no participar en actividades deportivas, no entablar conversaciones con personas del sexo opuesto en público, etcétera.

 

“San” Martín de Tours

Los “sacerdotes” fieles al autodenominado “obispo Martín de Tours”, establecen las contribuciones monetarias que la población debe cubrir para el mantenimiento de la “iglesia”, a la vez que controlan la educación, la cual naturalmente no es laica ni científica.

 

Como en casi todo grupo social, existe un sector disidente; en la Nueva Jerusalén la disidencia está encabezada por un individuo identificado como “Santiago Mayor”.  Esta disidencia está caracterizada principalmente por la intención de contar con educación básica pública, laica y gratuita, provista por el Estado mexicano.

 

Los líderes de ambos sectores intercambian acusaciones de “prácticas demoniacas” y narran historias de abuso sexual, violación, fraude, extorsión, homicidio y otros delitos cometidos por sus contrapartes.

 

¿Y el gobierno?

 

El municipio de Turicato, presidido por Salvador Barrera Medrano (postulado al cargo por el Partido de la Revolución Democrática) desde enero de 2012, ha sido omiso en llevar a cabo acciones contundentes para restablecer el orden en el territorio que es ocupado por los 2 líderes antes mencionados.  Si bien el establecimiento de la Nueva Jerusalén ocurrió al menos tres décadas atrás, la autoridad perredista que en 2012 debería estar tomando cartas en el asunto, hasta la fecha permite que el control de esa región sea ejercido por los supuestos clérigos.

 

El gobierno local, a cargo de Fausto Vallejo Figueroa, se conduce de manera similar. Aunque el Gobernador Vallejo acepta entrevistas sobre el tema, se limita a declarar que el asunto está siendo atendido y que la prudencia con la que -dice- se conduce, no debe ser confundida con inactividad o complacencia. No obstante, tampoco se tiene registro de implementación de operativos o acciones que devuelvan el control de la denominada Nueva Jerusalén a la autoridad civil electa por el pueblo.

 

 

En el ámbito educativo, la Secretaría de Educación Pública encabezada por el médico José Ángel Córdova Villalobos, se mantiene al margen del conflicto y no ha anunciado oficialmente intención alguna de reconstruir la escuela demolida por parte de los seguidores del “obispo Martín de Tours” o de comenzar a impartir las clases de este ciclo a los cientos de niños turicatenses, afectados por el control que ejercen los líderes de esta secta en el territorio antes mencionado.

 

¿Y la ley?

En los Estados Unidos Mexicanos, por mandato del texto constitucional, todo hombre es libre para profesar la creencia religiosa que más le agrade y para practicar las ceremonias, devociones o actos del culto respectivo, siempre que no constituyan un delito o falta penados por la ley[2].

 

Por otra parte, la norma fundamental dispone que todo individuo tiene derecho a recibir educación. El Estado -federación, estados, Distrito Federal y municipios- impartirá educación preescolar, primaria y secundaria[3], las cuales conforman la educación básica y obligatoria.  Asimismo, se ordena que la educación será laica y, por tanto, se mantendrá por completo ajena a cualquier doctrina religiosa.

 

Y de leyes locales mejor ¡ni hablar!

 

¿Entonces?

 

No encontramos pues ante una historia típica mexicana, ya que “en el nombre de dios” un grupo de individuos hace su voluntad, seguido por miles de fanáticos; la autoridad (los tres niveles de gobierno) es negligente y contumaz, pero tiene siempre una excusa para no resolver de una manera eficaz y contundente la situación; la ley se convierte en un catálogo de buenas intenciones, o bien, letra muerta y; el ciudadano, la sociedad, es víctima de innumerables delitos (sexuales, patrimoniales y de otros tipos), además de que ve violados sus derechos fundamentales, sin ningún instrumento real a su alcance para que la ley sea cumplida.

 

Otra parte de la sociedad, la que no es directamente afectada por el abuso de los delincuentes y la cómplice pasividad del gobierno, la que no ve mermado ni amenazado su patrimonio o el status quo, desconoce los hechos e ignora quiénes son los responsables; se entera sólo si lo ve en la televisión y comparte entre sus conocidos comentarios de aparente indignación, para olvidarlo todo al cabo de un par de días sin mayor consideración al respecto.

 

No es más que una historia típica mexicana ¡y eso que estamos en 2012!

 

Agosto 28 de 2012.

TRC


[1] No son católicos, no son cristianos, ni judíos o musulmanes.  El periodista Carlos Marín incluso recoge un fragmento del texto en el que el episcopado (católico) se deslinda de lo que ocurre en la llamada Nueva Jerusalén: “Las leyes son para acatarse y, en este caso (Nueva Jerusalén) las autoridades locales deben intervenir y poner orden en un conflicto que, si no se atiende, puede llegar más lejos. No es un asunto que deba esperar, es momento de actuar y ejercer el estado de derecho que se ha vulnerado. La educación tiene que ser laica, no puede identificarse con ningún credo…”.

[2] Artículo 24 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

[3] Artículo 3 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

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