La entrevista del momento

 

Esta nota es motivada por la entrevista que hizo Don Julio Scherer García a uno de los delincuentes más buscados de este país, cuyo nombre no escribiré, evitando generar palabras clave que faciliten el rastreo de este post.

 

Comenzaré con una confesión y una promesa.  De momento no conozco a detalle ni la doctrina ni las opiniones de los expertos en relación al tema del secreto profesional que deben guardar los profesionales de la información; sus límites, sus alcances y a caso sus excepciones.  Es un tema que estudiaré y al que me referiré en alguna otra ocasión, esperemos no lejana.

 

Sin más preámbulo, entremos en materia.  Julio Scherer, fundador de una importante publicación semanal (y presidente de su Consejo de Administración), dedicada principalmente al profundo análisis de temas relevantes para la vida nacional, se reunió en días pasados con el capo mencionado en el primer párrafo.  Trató de entrevistarlo, aunque ello no fue del todo posible, pues el capo respondió lo que quiso responder y habló de lo que tenía la intención de hablar.

 

El lugar de la entrevista no fue revelado, tampoco las circunstancias específicas de cómo se concertó (¿quién, cuándo, cómo, dónde?).  Todo se escondió detrás de la virtuosa narrativa de Don Julio, en la que se aludió a detalles irrelevantes, evitando revelar cuestiones de fondo.

 

Me inquietan muchos aspectos, uno de ellos que al parecer se utilizó a un periodista como vocero del capo, eso sí, se escogió a un periodista de renombre, no a un pobre presentador de noticias como Alejandro Villalvazo (TV Azteca).  Quien afirme que Don Julio no se convirtió en un portavoz del capo, tendría que demostrar (en mi opinión) que el capo respondió (aunque sea hablando sin decir nada, como hacen muchos) a cada cuestionamiento del periodista; es decir, que tuvo una respuesta a cada pregunta, y no que se limitó a incurrir en un claro next question please, cada vez que el periodista formulaba un interrogante.

 

A mi parecer, de la lectura de lo publicado por Scherer, se desprende que el capo quiso dirigirse al público, convocó al periodista y éste le facilitó su revista, para que fuera el medio que diera a conocer al público las palabras del delincuente.

 

¿Es correcto brindarle este tipo de espacios a uno de los delincuentes más buscados del país?, no lo sé, creo que no, en lo personal como ciudadano no me importa saber la opinión de Daniel Arizmendi, del “Pozolero” o de delincuentes de ese calibre, tampoco de sus jefes.  Probablemente como estudiante de la criminología me interesaría conocerlos, pero para eso no basta con leer una entrevista hecha “a modo”.

 

 

Otra prueba de que el capo sólo quería “dirigirse a la nación” es que sugirió (según Scherer) la fotografía con el periodista, la cual sirvió como portada para la edición de la revista que se publicó esta semana. 

 

Esta imagen manda al menos un par de mensajes.  El del capo, que dice al mundo “aquí estoy, en plena luz del día” y el mensaje del periodista a sus colegas y más aún a sus detractores: “miren lo que logré”… ambos, desde luego, soberbios y cínicos.

 

Lo más alarmante del asunto es la lectura que debemos dar a este acontecimiento.  Al capo no se le aprehende porque no se quiere.  Así de sencillo.

 

Si el Estado tuviera algún interés en aprehender al capo, los servicios de inteligencia que tienen constantemente intervenido a Scherer y a muchos otros profesionales de la información, incluso a ciudadanos comunes, habrían operado para asegurar al delincuente antes o durante el encuentro, o bien, para seguirle y asegurarlo después.  Cuando menos, el órgano encargado de procurar justicia en el país, habría llamado a declarar al periodista, como una persona que puede proporcionar datos que faciliten la localización del delincuente… y si teme por su seguridad, ahí es donde entra el programa de testigos protegidos, o ¿para qué sirve?

 

Si el pretexto es el secreto profesional que debe guardar el periodista, es claro que debería haber un interés muy superior a dicho deber, es decir, el interés de la nación, de procesar al delincuente, juzgarlo y de ser el caso condenarlo.  El interés de la justicia y la no impunidad debe ser superior a cualquier otro.

 

La realidad es cruda y penosa.  El mensaje del capo que transmitió Don Julio es contundente:

 

El narco está en la sociedad, arraigado como la corrupción.

 

En investigaciones sobre temas penitenciarios he llegado a la aproximación de que México necesita una nueva teoría de la pena y del delincuente; ante la existencia de una sociedad delincuente, lo que se debe hacer es inhibirla, primero para que cada delincuente repare el daño que causó a la víctima y luego pague su deuda con la sociedad, readaptándose cuando es posible; cuando no lo es, debe ser inhibido por completo para garantizar que no dañará más al grupo social.

 

Es frustrante y decepcionante que ni un cambio en la “política criminal” sería la cura al grave cáncer que el delito representa para este país.  Si el Estado no tiene interés en aprehender a los delincuentes de alta jerarquía, ninguna estrategia funcionará y la “guerra” contra el narcotráfico está condenada al más monumental de los fracasos.

 

Abril 9 de 2010.

 

TRC

 

©

 

Véase: http://www.proceso.com.mx/rv/modHome/detalleExclusiva/78067

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